lunes, 19 de septiembre de 2016

Aborígenes - Abrahan David Zaracho


—Se ha dicho que entre las famas de belleza resalta la de tu hija menor, Adarla.
—Así ha sido dicho, mi señor.
—Dado las edades de mis hijos ha llegado la hora de que coseches los beneficios de tus elecciones.
—Entiendo. Es un honor el pedido de su majestad.
—Tu familia y mi familia serán una sola familia. El ala norte del palacio de la tierra dorada será para ellos moradas. Este castillo será por siempre tu terruño.
—Su generosidad es infinita.
—Algo marcha mal, mi fiel vasallo.
—Es el fin de la noche mi señor, ¿recuerda? Se aproxima el alba.
—Recuerdo. Algo. Ya me parecía que estabas más viejo que ayer. ¿Fue ayer?
—Hace veinte años, mi señor. Ya se acerca mi tiempo. Pronto nos reuniremos.
—Pero nuestros hijos. Tu hija. Mis príncipes.
—Todos perecieron el mismo día. El azar me mantuvo con vida.
—Veo tu rostro a través de mi mano. ¿Todos volvemos como espectros?
—Sólo usted, majestad, cada vez que la luz de Ganecio es plena.
—¿Fueron las hordas del río?
—No, excelencia. Criaturas llegadas desde el cielo. Se hacen llamar humanos.
—Nadie ofreció resistencia.
—Sí, majestad. Resistieron los reinos del otro lado de nuestro mundo y las grandes exposiciones fueron las respuestas.
—Siento el vacío, mi buen Nariño.
—Así dice siempre. Todo está muy bien, mi señor.
—No quiero volver a tierras donde ya no es nuestra era.
—Yo tampoco, majestad. Yo tampoco voy a querer volver.

Acerca del autor:
Abrahan David Zaracho

lunes, 15 de agosto de 2016

Variaciones sobre “El Burro Flautista” de Tomás de Iriarte I – Daniel Frini


El Air Force One cayó al sur del Río Bravo, en un lugar desolado, con el sol de junio cayendo a plomo. Apenas podía reconocerse parte de un ala y, más allá, la cola. El resto, eran sólo hierros retorcidos. Antes de que llegara al lugar medio ejército de la Unión, un burro se acercó más famélico que curioso, y de casualidad se topó con una valija maltrecha, abierta, que contenía algún dispositivo de comando remoto. Como el color llamó su atención, quiso moverla con su hocico para investigar. Sin proponérselo, apretó un botón rojo que estaba en el dispositivo. Medio Irak y todo Irán quedaron inmediatamente obliterados.
—¡Órale! —dijo el burro—. ¡Ya soy presidente de los Estados Unidos!

Acerca del autor: Daniel Frini

jueves, 11 de agosto de 2016

Yo no sé qué hago con vos que sos pobre y no sabés francés - Jorge Ariel Madrazo


“Yo no sé qué hago con vos que sos pobre y no sabés francés”. Fue con gesto de preocupación que lo dijo, que Ana María dijo eso mismo que usted oye. Eso dijo. Entonces, durante una década, en mi bohardilla de poeta dediqué enrojecidas trasnoches al estudio del francés, mientras consagraba los días a seducir, té con masas mediante, a una hispánica condesita, luego mi cónyugue.
Hoy, diez años más tarde, soy millonario y feliz. Alevoso, cité a Ana María en El Gato Negro. Mi traje de terciopelo la descolocó. Más aún mi saludo: “je te remercie de ton geste en faveur de nos retrouvailles, geste si affectueux, presque amoureux..." La humillé así, media hora. Palideció. Hundió el rostro entre las manos. Exclamó, entre sollozos, algo que aún me esfuerzo en comprender: “¿Cuándo murió aquel poeta que amé hasta el delirio, por qué lo mataste?” Repito: no entendí esa pregunta absurda. Súbitamente el café fue invadido por el horroroso tufo de un poeta en descomposición.

Acerca del autor:

jueves, 28 de julio de 2016

Perrito feliz - Armando Rosselot


Y nos sentamos en la burbuja verde. Llena de cataratas y con orquestas sinfónicas, también habían pájaros y ratones (que arrancaron velozmente al percatarse de mi presencia), hasta un perrito feliz, que iba de lado en lado haciendo pipí. Y no en los árboles, porque al parecer les tenía bastante respeto. Gran ejemplo, ya que podríamos asemejarnos a él. Quizás así el León poderoso y lejano (que no para de meter ruido) dejará de rugir y sonriera un poco más, sí, así como el perrito.

Acerca del autor:
Armando Rosselot

lunes, 4 de abril de 2016

Las transformaciones de las cosas - Saurio


Eckels estaba cansado de ser siempre el cobarde que huye al ver al tiranosaurio.
No debería estarlo, los personajes generalmente sufren de amnesia siempre que alguien lee la historia de la que son parte y repiten una y otra vez lo que escribió el autor. Pero las innumerables relecturas que tuvo “El ruido de un trueno” provocaron en Eckels un déjà vu que evolucionó en la fatalista certeza de que él es el cagón que se sale del sendero antigravitatorio y pisa la mariposa que cambia irreversiblemente el presente por uno más oscuro.
Así que juntó toda su fuerza de voluntad para torcer la trama. No es algo sencillo para un personaje, pero estaba decidido. Aprovechando el momento en que Bradbury lo hace apuntar en broma con su rifle, ni bien salen al Cretácico, mata a Travis y al resto del safari y regresa corriendo a la máquina del tiempo, sin salirse del sendero, pese a que Bradbury, alertado de la rebelión del personaje, lo sacude con furia.
Eckels sabe que no podrá volver a su presente, Bradbury le impide controlar correctamente la máquina, pero está decidido a que el autor no se salga con la suya. La lucha es cruenta y agotadora para ambos. Finalmente, la máquina, fundida, cae en un sueño. Eckels, agonizando, es expulsado de ella y aplasta ―irónicamente, ya que Bradbury está demasiado agotado para escribirlo― una mariposa que pasa por allí.
Como es una mariposa onírica, y no ficcional, a Eckels no le importa. Muere feliz. Su presente está a salvo.
Pero no: miles de antologías de ficciones breves implosionan, arrasando al universo con ellas. Es que por más que se devanó los sesos, Chuang Tzu nunca pudo acordarse al despertar qué carajo pasaba en ese sueño tan bueno que había tenido.

Acerca del autor:
Saurio

Signos inequívocos de una muerte cercana - Tanya Tynjälä


La fila de hormigas caminaba llevándose el azúcar desde la cocina hacia el patio. No las maté. Mi abuela siempre decía que ese era un signo inequívoco de una muerte cercana. No pude evitar sentirme contento.
No soy una mala persona, no ando deseando la muerte de cada persona que se me cruza en el camino haciéndome alguna perrada, pero todos tienen un límite y no soy Job.
La madre de mi novia no me considera digno de su hija. Para ella soy solo un mediocre cajero de banco, sin el futuro grandioso que soñaba para su “princesa”. No oculta su desprecio hacia mí cada vez que tiene la ocasión. Pero está enferma, grave, todos los saben: Seguro es ella la que va a morir.
Recuerdo la vez que me invitó a una reunión familiar, solo para humillarme invitando también a un “amigo de la familia” joven, guapo y ricachón. “¿Recuerdas, Anita? De pequeños decían que se casarían de grandes”, comentaba sonriendo. Poco importaba que mi novia lo le hiciera caso, ella insistía: “¿No es cierto que está muy guapo? ¡Es el partido ideal, tiene su propia empresa!”. De nada valió el apoyo de mi Ana, pidiéndome que no le hiciera caso, la vieja me arruinó el día.
Un perro aúlla a lo lejos: otro signo, la muerte está cerca. Sigo preparándome para ir al banco. Será un día largo y pesado, día de paga. Todos quieren cobrar su sueldo. Yo igual no dejaré de sonreír. Es fácil ser amable cuando sabes que todos tus problemas desaparecerán de un solo golpe.
Disfruto pensando en nuestro futuro, sé que no pudo ofrecerle mucho, pero lo que le daré, será de corazón. Si pudiera, le diría que no trabaje… pero eso es imposible con mi sueldo. Es otra de las críticas de su madre: “¡Pero si ni para mantenerla bien tienes! ¿Para qué te quieres casar?”. Y sigue quejándose de que su pobre hija tendrá que trabajar toda su vida y sigue y sigue…
En el trabajo no puedo pensar en otra cosa, no me concentro, me equivoco varias veces al contar el dinero. No sonrío, estoy tenso, si el jefe se da cuenta… De pronto una campana nos sobresalta. Pensamos inmediatamente en una alarma. Una secretaria se ríe.
—Fíjense, el despertador que me regaló mi hija para el día de la madre, ese que se malogró al segundo día y que guardo solo por cariño, ¡se puso a sonar de pronto! ¡Qué susto! ¿No?
Sí, “que susto ¿no?” ¡Qué alegría digo yo! Tres signos al mismo tiempo. No pueden fallar.
El banco cierra, salgo presuroso a la parada de autobús. Quiero llegar a casa lo más rápido posible. El ojo izquierdo me palpita: cuatro signos en un día. Debo parecer asombrado y triste cuando Ana me dé la noticia. Quiero…
… No vi el camión, todo el cuerpo me duele. La gente que se mueve a mi alrededor… escucho sus gritos de auxilio, también escucho aullar a un perro, mientras veo a las personas como si se alejaran cada vez más hasta hacerse pequeñas, como las hormigas...

Acerca de la autora:
Tanya Tynjälä

Metamorfosis - Lola Sanabria


Noche de luna llena. El acróbata trabaja sin red. Agarrado a la barra del trapecio, toma impulso, flexiona las piernas y se columpia. Cuando su cuerpo dibuja sobre las cabezas de los niños, la curva de una amplia sonrisa, suelta las manos, se gira en el aire, y cae en la pista sobre las almohadillas de sus cuatro patas.

Acerca de la autora:
Lola Sanabria